miércoles, 29 de febrero de 2012

Dios y la nada

Ex nihilo nihil fit  es una locución latina que afirma que nada surge de la nada, pero ¿realmente nada surge de la nada? ¿Creó Dios el mundo desde la nada? ¿Qué es la nada? 

Un error frecuente de la apología teísta es usar a la nada según los intereses propios. De la nada nada surge, y el universo ha surgido —se dirá— e inmediatamente después se alegará que por ello debió haber una intervención divina que hiciera surgir el universo desde la nada. Luego se ignorará que algo ha surgido de la nada y que la primera premisa ha sido contradicha por el apologista mismo. Después se limitará a decirse que la única excepción a la regla es la intervención de Dios, sin percatarse el apologista de que ha cometido la falacia del alegato especial, porque para él Dios es especial y no sigue las normas de la lógica. Sin embargo, aunque el razonamiento es falaz, para mí su popularidad es muy comprensible pues yo mismo caí en sus encantos alguna vez. Este post pretende analizar el asunto detenidamente, en especial para aquellos —sean ateos, teístas o agnósticos— que siguen pensando que la creación desde la nada podría tener sentido, como yo lo hice alguna vez.

Muchas creyentes experimentan crisis de fe en algún momento de sus vidas. Yo apenas puedo imaginar tal situación, pues tuve la fortuna de no haber sido sistemáticamente adoctrinado durante mi infancia más temprana. Sin embargo, y aunque no considero al ateísmo como una fe, debo decir que sí he llegado a tener por lo menos un momento de incertidumbre considerable sobre la veracidad del pensamiento ateo. Uno de esos momentos en los que te dices “Espera, ¿esto que creo tiene realmente sentido alguno?”. Para mí ese momento fue una hermosa noche estrellada, en la que quedé pasmado por la belleza del cielo, realmente impresionado. De repente, tanta belleza no tenía sentido. De pronto sentí que todo ese fantástico universo no debería existir, que estaba de más, que no era simple en absoluto. Inmediatamente pensé que no debería haber nada, y que todo aquello diferente de la nada era completamente innecesario. Dios parecía no una buena respuesta, sino la respuesta correcta: si la existencia del universo es innecesaria, debe haber una entidad trascendente que explique la existencia de un universo innecesario. Eso fue lo primero que se me vino a la mente. ¿Los creyentes tienen la razón después de todo? Bueno, desafortunadamente lo primero que pasa por la mente no siempre es lo mejor.

Una vez meditado el asunto, es fácil darse cuenta de mi error inicial —y el de muchos creyentes— : ignorar que Dios forma parte del sistema que se intenta analizar, o cometer la falacia lógica de la defensa especial, es decir, darle a Dios un trato especial. Es incorrecto asumir que el universo es innecesario por no ser más simple que la nada y pasar por alto que Dios también es innecesario al no ser tampoco más simple que la nada. La solución entonces resulta tener el mismo problema, tanto Dios como el universo son demasiado complejos para existir superando la nada, y es que cuando Dios es sometido a los mismos principios, resulta bastante inútil.

Heidegger planteó muy bien la cuestión con la pregunta «¿Por qué hay ente y no más bien nada?». Siendo Dios un ente, al igual que el universo, se hace evidente que la existencia de Dios no es una solución, sino un nuevo problema. Por tanto, la existencia de Dios en este caso será irrelevante para el ateo más interesado en la razón de un universo que sí es tangible, pero no será irrelevante para el teísta, quién probablemente defenderá a su dios alegando que este es eterno, y que un ente eterno careció de una no existencia previa, asumiendo que el ateo no puede decir lo mismo del universo. Sin embargo, la existencia de un Dios eterno no justifica su existencia per se; es más, una divinidad eterna sería aun más compleja que una divinidad no eterna, alejándose aun más de la simplicidad de la nada. Lo mismo sucede para los ateos que como yo, consideran plausible y probable la existencia de universos múltiples. Aunque un multiverso haya existido por siempre, no debería estar ahí, siendo que la nada es más simple que un ente eterno, sea este ente Dios o el multiverso. 

¿A dónde nos lleva todo esto entonces? Bueno, si la nada es el problema tenemos que analizar qué es la nada. Ya lo hizo en su tiempo Parménides de Elea al preguntarse «¿Y qué necesidad lo habría impulsado a nacer —al ser— antes o después, partiendo de la nada?». Él se dio cuenta que la nada no era inteligible, pero que el ser —o ente— sí lo era, y dado que el ser no pudo haber dejado de serlo en algún momento, sólo queda una conclusión lógica: «Pues ni hay ni habrá nada ajeno aparte de lo que es.» O sea, que sólo hay entidad y nada más. Parménides llegó a esta conclusión partiendo del razonamiento abstracto, pero nosotros disponemos de una mejor herramienta: la observación científica. Dado que la física nos ofrece de mayor certidumbre que el pensamiento filosófico, cabe preguntarnos ¿qué tiene qué decirnos la física acerca de la nada?

Todos sabemos que el vacío forma parte de nuestro mundo. La mayor parte del universo se encuentra de hecho ausente de átomos. Lo sorprendente es que el vacío y la nada no podrían ser más diferentes. Una vez eliminada toda forma de materia en un espacio determinado aún permanece una cantidad ínfima de radiación dentro de él. Es más, es físicamente imposible que una región del espacio permanezca con un valor nulo de energía, pues se violaría una forma del principio de incertidumbre de Heisenberg que establece limitaciones para el conocimiento simultáneo de información en un campo cuántico dado. O para ponerlo en términos simples, si la energía es cero, entonces se saben todas sus magnitudes —todas son igualmente cero—, y por tanto, se viola el principio de incertidumbre que rige la física de todo el universo. A este estado de vacío se le conoce como vacío cuántico y tiene un comportamiento impresionante. El mismo principio de incertidumbre que evita que el espacio quede con energía nula, hace que esta energía residual fluctúe, por lo que en momentos la energía estará dispersa y en otros generará —de la nada— partículas virtuales, partículas que están y no están, que existen y no existen, y que —salvo en raras excepciones— se anularán inmediatamente. De esto podemos concluir que no hay ninguna región del universo que se pueda concebir como nada. Todo el universo está ocupado por algo, que en el caso del vacío es energía fluctuante, sin mencionar además que un universo creado de la nada es contradictorio con la ley de la conservación de la energía.

Entonces, sabemos que en el universo no existe tal cosa como la nada. ¿Podría la nada existir fuera del universo? No lo sabemos. No sabemos nada sobre la nada. No sabemos si de la nada surgen entes de forma natural. Ni siquiera sabemos si la nada es algo real o sólo una idea abstracta. Lo más probable, es que se trate sólo de una ilusión, una abstracción de la realidad con la que estamos familiarizados, creyendo que el vaso con agua está medio vacío, e ignorando el aire que contiene la otra mitad. Lo más probable es que la nada sea sólo una invención nuestra, que nos ayuda a entender el mundo, pero que no existe en él físicamente, como sucede con los números. No tenemos evidencia de la nada, y ello nos obliga a asumir, al igual que Parménides, que tal cosa no existe.

Que siempre hayan habido entidades parece el pensamiento más razonable. Esto concuerda con el punto de vista del teísmo en el que se afirma la eternidad de Dios. Así, el teísta podría afirmar que dado que el universo ha surgido, ese surgimiento sólo se explica a través de una entidad precursora. Y me parece que es muy cierto. Con lo que no estoy de acuerdo es con el salto del teísta al afirmar que esa entidad precursora debe ser necesariamente Dios. Un multiverso eterno podría representar una entidad precursora, pero esto al teísta ya no le agradará tanto. Además, la negación de la nada involucra que aunque Dios existiera, la imagen de Dios creando el universo a partir de la nada es incorrecta. Lo correcto en dado caso, sería la visión panenteísta en donde el mismo universo es parte de Dios, por lo que Dios no lo crea de la nada sino de sí mismo y el universo viene a ser una suerte de apéndice de Dios; si no, entonces también pudiera darse el caso en donde Dios ha estado desde siempre y de repente decide transformarse en un nuevo ente: nuestro universo; pero ese sería entonces un dios claramente panteísta.

Con respecto a la negación de la nada, muchos dirán —y yo desacuerdo con ellos— que ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. O sea, que no tener constancia de un fenómeno no implica la inexistencia del fenómeno. Y en efecto, no implica su inexistencia, pero a menos que el fenómeno sea necesario, sí le hace muy poco probable. En un mundo donde entidades existieron todo el tiempo la nada no es necesaria y dada la ausencia de evidencia la existencia de la nada es muy poco probable. Pero ¿qué pasa si la nada sí existe realmente? Entonces sólo podría darse el caso en que la nada y las entidades coexisten independiente y eternamente. El teísta podría alegar que Dios pudo haber coexistido eternamente con la nada, y a partir de la nada crear el universo, pero la nada absoluta sigue siendo más simple que un mundo con una porción de nada más una porción sobrante de Dios. Dios no puede de ninguna forma competir con la simpleza de la nada. La nada manda.

La alternativa es un mundo en el que de la nada surgen entidades espontáneamente. Así, Dios pudo haber surgido de la nada (aunque no sería propiamente eterno), pero el universo también podría haber surgido sin razón alguna, mas que la naturaleza creadora de la nada. Se podría objetar que de la nada nada sale, pero ¿de la nada nada sale?, ¿cómo podríamos saberlo si no sabemos nada sobre la nada? No tengo evidencia de que la naturaleza de la nada sea la creación espontánea de entidades, pero siguiendo la lógica del creyente, “ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia” y si la nada es posible entonces todo es posible.

Concluyendo:
  • Probablemente la nada no existe, por tanto han habido entidades eternamente.
  • Si la nada no existe el universo no surgió de la nada sino de una entidad preexistente —que puede ser tanto un dios panenteísta/panteísta como un multiverso.
  • Si la nada existiera no sabríamos nada sobre su naturaleza, como por ejemplo, si se crean entidades a partir de ella tales como universos o dioses.

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